domingo, 31 de enero de 2010

ALMENDRAS AMARGAS

Cuando era pequeña, a mi hermana y a mi nos encantaba trepar al almendro de mi tía y comernos las almendras, todavía verdes, con esa cascarita esponjosa y blanda y el fruto blanco y pequeño como un piñón tremendamente amargo.
Una tarde mi tía nos sorprendió en plena faena. Se acerco al trote blandiendo una escoba y nos obligó a bajar.

- ¿No os estaríais comiendo las almendras verdes, verdad?
- Mi hermana y yo lo negábamos como si nos fuera la vida en ello.
- Bueno, pues por vuestro bien, espero que no, porque las almendras, si no están maduras, son venenosas y os moriríais sin que nadie pudiera hacer nada para curaros.

Esa noche las dos llorábamos desconsoladas, con las cabecitas debajo de la almohada y limpiándonos los mocos con las sabanas. Esperábamos la muerte resignadas y nos imaginábamos a mi tía cabreada en el funeral y comentándole a mi madre lo malas y mentirosas que habíamos sido.

Al final el sueño venció al llanto y caímos como troncos en los brazos de Morfeo.

Al amanecer nos despertábamos con la luz del sol a través de la ventana y nos dimos cuenta de que esa noche habíamos aprendido una lección muy valiosa. Que las mentiras de los niños son pajaritos sin alas y las mentiras de los adultos pueden llegar a ser águilas carroñeras.

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